La soledad de las hormigas

Imprevisible, antes que otra cosa, resulta Oldboy (2003), segunda parte de una fabulosa trilogía consagrada a la venganza y completada por Simpatía por el Señor Venganza (2002) y Sra. Venganza (2005). Imprevisible la forma en que el cineasta surcoreano Park Chan-wook (1963) y sus tres coguionistas traducen a la narrativa fílmica la estética del manga Oldboy, creado por los nipones Tsuchiya Garon y Minegishi Nobuaki. Imprevisible el modo en que la cinta de Chan-wook, ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes de 2004 ––un hito en la historia del cine digamos violento procedente de Asia––, dosifica la brutalidad física en estallidos que realmente aturden y sirven de marco a una crueldad psíquica, incluso espiritual, que es el meollo de una trama compleja, pródiga en vueltas de tuerca que devienen golpes en la boca del estómago: una sensación que remite a ciertas películas de Takashi Miike. (Un ejemplo de estos estallidos atronadores es la magnífica secuencia, efectuada en una sola toma pero rodada en tres días, donde Oh Dae-su, el antihéroe interpretado por Choi Min-sik, empuña un martillo para enfrentar en un corredor a un batallón de hombres armados con palos. Contrario a lo que sugiere la publicidad, esta secuencia de lucha tumultuaria es la única del filme: aquí no abundan, como en otras cintas asiáticas, las peleas convertidas en fastuosas coreografías. La violencia, hay que insistir, es sobre todo psicológica: menos espectacular, tal vez, aunque al fin y al cabo más perturbadora, más profunda.) Imprevisible, para acabar pronto, la manera en que Oldboy aborda temas añejos como la lealtad o más bien la deslealtad juvenil ––de donde proviene el título: oldboy es un epíteto que suele utilizarse en el trato entre antiguos compañeros de escuela––, la furia y la revancha llevada al extremo, la hipnosis y la memoria ––patentes también en Cure, de Kiyoshi Kurosawa, y H, de Lee Jong-hyuk––, para terminar por internarse en los densos dominios del incesto, asunto que pulsa cuerdas mitológicas.
En la tradición griega la sexualidad consanguínea, consumada con o sin conocimiento de causa, es una figura recurrente unida a esa espada de Damocles que es el destino. El vínculo incestuoso entre padre e hija y sus consecuencias siempre fatales cuenta con un sinnúmero de modelos: Asaón y Níobe, Címeno y Harpálice, Ciniras y Mirra, Nicteo y Nictímene, Píaso y Larisa, Triestes y Pelopia; en cada caso es palpable el poder del progenitor y las emociones encontradas de la hija, que opta por una de varias salidas: la fuga (Nictímene), la metamorfosis (Mirra), la represalia (Larisa, Pelopia) o el suicidio (Harpálice, Níobe), como dice Pablo Guillermo Sagasta. Parientes de Walter Faber y Sabeth, los viajeros de Homo Faber que descubren que son padre e hija una vez cumplida la relación carnal, Oh Dae-su y Mi-do (Kang Hye-jeong), los protagonistas hipnóticos e hipnotizados de Oldboy, se topan con sendas cajas de Pandora en forma de regalos que guardan la terrible verdad que los liga: un álbum de fotografías familiares. (El único que abre la caja, al menos hasta donde concluye la historia, es Dae-su. El resto queda a la imaginación del espectador.) A diferencia de la novela de Max Frisch, sin embargo, la película de Chan-wook maneja el incesto como constatación no de un destino intransferible sino de una implacable sed de venganza: la de Woo-jin (Yu Ji-tae), amante de su propia hermana Soo-ah (Yun Ji-seo) y ex compañero de Dae-su, que hace pagar a éste la traición de haber divulgado en preparatoria ese amor prohibido. (La insidia redunda, al modo griego, en la muerte por agua de la joven Soo-ah.) El castigo diseñado por Woo-jin es de una saña sin precedente: luego de permanecer encerrado quince años ––cinco más que los que abarca el periplo de Ulises en la Odisea–– en un edificio departamental vuelto sofisticado castillo de If en pleno Seúl, Dae-su es liberado con la consigna de que en cinco días debe dar con el motivo y el responsable de esa reclusión durante la que el orbe se ha reducido a la pantalla televisiva. Atormentado no sólo por el asesinato de su mujer ––del que se entera a través de los noticieros–– y por el vago recuerdo de su hija ––a la que deja de ver cuando tiene alrededor de cinco años––, sino por la erosión anímica que le ha legado el aislamiento, Dae-su se embarca en una cruzada para intentar recuperar el tiempo y el espíritu perdidos. Como toda cruzada posmoderna, no obstante, la de Oldboy conduce a la devastación física y moral: al cabo de enterarse del lazo que lo une a la muchacha que ha desvirgado, Dae-su, hombre gris por excelencia, se corta la lengua en un acto de penitencia edípica para no revelar el secreto. Elige pues, de nueva cuenta, la soledad en la que llegó a alucinar con hormigas: metáfora de la colectividad que acompaña, según se dice, a las personas en abandono. Elige la incomunicación para reintegrarse a las galerías de ese hormiguero inclemente que llamamos mundo.
